YÁKOV ANTÓNOVICH DE CASTRO DE LA CERDA

UN PRETENDIENTE RUSO AL TRONO DE ESPAÑA

El 15 de julio de 1799, el emperador Pablo I firmó, en Peterhof, el Manifiesto Imperial con declaración de guerra a España. El leitmotif de este temible documento eran las acusaciones al gobierno de España de una sujeción servil al régimen revolucionario, "anárquico e ilegal", de Francia, contra el que luchaba conjuntamente la segunda coalición de monarcas europeos. El Manifiesto prescribía confiscar todos los buques mercantes españoles en los puertos rusos, así como autorizaba a los comandantes de los ejércitos y la marina de guerra rusa a desatar hostilidades contra los súbditos del rey de España. Visto que en aquel entonces el ejército del generalísimo Alexander Suvórov operaba contra los franceses en el Norte de Italia y la escuadra del almirante Feodor Ushakov, desde el otoño de 1798, actuaba con éxito en el Mediterráneo, Carlos IV y sus confiados cortesanos tenían por qué llevarse las manos a la cabeza.

La forzada orientación pro-francesa del gabinete español, por sí misma no era suficiente para provocar una agudización tan brusca de las contradicciones bilaterales. Había una circunstancia más, de no poca importancia, la que fue como leña para el fuego. El 27 de octubre de 1798, los caballeros de la Orden de Malta, reunidos en San Petersburgo, proclamaron su Gran Maestre al emperador ruso. El 24 de noviembre, Pablo aceptó dicho título. Prácticamente todos los gobiernos laicos de Europa reconocieron al nuevo Gran Maestre. El papa Pío VI, a quien incumbía aprobar la candidatura del Gran Maestre de Malta, asumió una actitud ambigua. Por un lado, el pontífice se daba cuenta de que, al aceptar la Orden bajo su amparo, Pablo de hecho la salvó de la desaparición. Por otro lado, la Santa Sede no podía encomendar la dirección de la orden católica a un "cismático" ortodoxo. Por ello, la Curia Romana, sin aprobar oficialmente al emperador ruso en esa calidad, daba a entender que de facto estaba dispuesta a tolerar esta situación.

Los únicos que se negaron rotundamente a reconocer a Pablo I en la dignidad del Gran Maestre de la Orden de Malta entre los estados europeos eran Francia y su aliada España. Para el colmo, los prioratos de la Orden en Cataluña, Navarra, Aragón y Castilla declararon su desobediencia al nuevo Gran Maestre. Teniendo en cuenta el carácter iracundo del zar, podemos imaginarnos que su furia era desbordante. El castigo de los españoles desobedientes era tan sólo una cuestión de tiempo.

En los apuntes del general Leonti Bénnigsen, uno de los promotores de la conspiración del 11 de marzo de 1801 contra Pablo I, existe el siguiente testimonio relativo al periodo del conflicto del emperador ruso con Madrid: "En su locura, Pablo predestinaba ya el trono español a un español (Castell de la Cerdo), quien en su juventud había ingresado al servicio ruso como suboficial y se había casado con una alemana, y quien entonces ya se encontraba en situación de retiro viviendo en medio de su prole numerosa. Se quedó asombrado cuando le avisaron de las intenciones que el emperador tenía a su respecto. Para ayudarle a él y no obligarlo a ascender al trono español en condición de miseria, Pablo le otorgó una magnífica hacienda en Ucrania con un millar de campesinos adscritos".

¿Hasta qué punto podemos confiar en el testimonio de Bénnigsen? El autor de los apuntes no era imparcial: su interés consistía en representar la actuación del difunto emperador a la luz más negativa posible. Los documentos que se custodian en archivos rusos testimonian, además, que Bennigsen en muchos casos peca de imprecisión. Sin embargo, los datos de que disponemos nos permiten desglosar más detalladamente esa curiosa historia.

Realmente, en la relación de generales rusos del fin del siglo XVIII estaba inscrito "el conde Decastro-Lazerd, General de Infantería". Yákov Antónovich (quizá su nombre de pila original era Jaime o Jacobo) de Castro de la Cerda era oriundo de una antigua familia de "nobles españoles de primer grado". Su origen se remontaba al rey de Castilla y León, Alfonso X el Sabio. El hijo primogénito del monarca, don Fernando, había muerto antes que su augusto padre, por lo que sus descendentes perdieron el derecho de heredar el trono. Con el pasar del tiempo, recibieron el título de duques de Medinaceli. La familia gozaba de merecida fama y reconocimiento en muchas cortes europeas: a la familia de Medinaceli pertenecieron, entre otros, un almirante de Francia, doce condestables de Aragón y diecisiete virreyes de distintos dominios españoles en el Nuevo Mundo. Durante los años de la guerra de Sucesión Española (1700-1714), la numerosa familia se dividió en dos bandos: algunos de sus representantes apoyaron al nuevo rey, Felipe V, los otros combatieron bajo las banderas del archiduque Carlos de Habsburgo. A raíz de la victoria de los Borbones una de las ramas menores de la familia tuvo que emigrar a Bélgica que permanecía bajo el cetro de la Casa Imperial austríaca. Era justamente allí donde  nació, en 1733, el futuro general ruso.

Durante los años de la guerra de los Siete Años (1756-1763), Yákov de Castro de la Cerda prestaba servicio en el ejército real de Prusia. Nada sabemos de ese periodo de su vida. De acuerdo con la hoja de servicio rusa, en 1761, es decir aún antes del fin de la guerra, el joven noble español fue admitido al servicio ruso con el grado de capitán. Las más probables son dos hipótesis: ora cayó prisionero, ora decidió pasar al lado ruso por su propia voluntad. Lo último no tenía nada asombroso: después de tantas derrotas de Federico II, servir al rey de Prusia a mucha gente les parecía una empresa absolutamente carente de perspectivas.

En los albores de los años 1760, los documentos rusos mencionan a Yákov de Castro de la Cerda como capitán del regimiento de dragones de Revel (actualmente Tallinn, Estonia). Más tarde ya se refieren a él como coronel del regimiento de infantería de Pólotsk.

El patriota venezolano Francisco de Miranda, quien dejó notas de gran valor acerca de su viaje por la Rusia de la época de Catalina la Grande, se encontró con el militar en la ciudad ucraniana de Kremenchug en febrero de 1787. Miranda escribe: "Aquí he conocido al brigadier Castro de la Cerda, un natural de Flandes al servicio ruso. Hace más de 40 años atrás él visitó España, mas actualmente ya no habla español. Habiendo vivido largos años en Siberia, se hizo su patriota abnegado, se acostumbró al clima local, etc. Tendría unos 70 años".

En 1788 Yákov de Castro de la Cerda tomó parte en el asedio y la toma de la fortaleza turca de Özü, más conocida por su nombre ruso – Ochákov. Entre 1789 y 1791 el regimiento de Yákov Antónovich fue acuartelado en las proximidades de la ciudad de Nikoláyev. Según testimonios de sus contemporáneos, reclutas de su equipo fueron seleccionados para trabajar como maestros en astilleros del Almirantazgo de Nikoláyev, al tiempo que los oficiales comandaban patrullas de cosacos en busca de trabajadores fugitivos y prevención de asaltos en los caminos.

Cuando la entronización de Pablo I en 1796, Yákov de Castro de la Cerda tenía el rango de Teniente General. En los años 1796-1797 fungió como jefe del regimiento de mosqueteros de Vieja Ingermanlándia, en octubre de 1797 fue nombrado comandante de la fortaleza de Revel y jefe del regimiento de la guarnición local. En septiembre de 1798 el español fue ascendido a General de infantería.

A despecho de la afirmación de Bennigsen, Yákov de Castro de la Cerda no estaba retirado. Continuaba en el servicio, venía frecuentemente a la corte, y, juzgando por todos los indicios, gozaba del favor por parte del emperador. En uno de los periódicos rusos, "Sankt-Peterburgskiye Vedomosti" ("Noticias de San Petersburgo"), en 1799 se publicó la siguiente nota: "El 12 de julio Su Majestad Imperial expresó al General de Infantería conde Decastro-Lazerd su benevolencia por mantener el regimiento en perfecto estado".

Por lo visto, una vez declarada la guerra a España, en la corte, propensa a rumores, empezaron a circular voces de que Pablo concebía planes de colocar en el trono de Borbones a su fiel general. Los rumores perfectamente podían tener su origen en tan sólo una frase del emperador, quien en alguna ocasión la dejaría caer en broma. Algo semejante a eso: "Una vez vencida España, te pondremos a tí, Yákov Antónovich, de rey en Madrid". A grandes rasgos, hemos de reconocer que una similar restitución de los derechos a la corona al descendente de la antigua dinastía castellana sería absolutamente en la línea de Pablo I, amigo del romanticismo caballeresco. ¡Es que es un hecho real que aceptó en Rusia al conde de Provence, futuro rey Luis XVIII, cuando éste se fugó de la Francia revolucionaria! ¡Y no solo lo aceptó sino sí le asignó 200 mil rublos de mantenimiento anual y le ayudó a formar en emigración un ejército bajo ordenes del príncipe de Condé! Por lo visto, Bénnigsen aprovechó los rumores, tan verosímiles, en torno al "tema español" a fin de reforzar los rumores sobre la "locura" del zar ruso, los que difundía el embajador inglés Whitworth, quien estaba detrás de los conspiradores del 11 de marzo.

Hacia fines de 1799 la situación político-militar en Europa comenzó a cambiar. En las relaciones entre Rusia y sus aliados de la segunda coalición antifrancesa – Austria e Inglaterra – se produjo un brusco enfriamiento. Las potencias europeas, velando única y exclusivamente por sus propios intereses, empezaron a oponer una resistencia cada vez más activa al incremento de la influencia rusa en el Mediterráneo. En diciembre de 1799 se rompieron de facto las relaciones diplomáticas entre Rusia y Austria. Tras la toma de Malta en noviembre de 1800 por el almirante Nelson, San Petersburgo dejó de contar entre sus aliados, igualmente, a Inglaterra.

Durante el mismo periodo se dieron condiciones favorables para un acercamiento ruso-francés. El golpe militar del 18 de brumario de 1799 efectuado por el general Bonaparte, acabó con la anarquía revolucionaria y la debilidad del Directorio. La derrota de Austria y la instauración del orden y la legalidad en Francia causaron cambio en la actitud del emperador ruso hacia el nuevo gobernante francés. Refiriéndose en alguna ocasión a Napoleón, Pablo dijo: "Hace cosas tangibles, y con él se puede tener negocio".

En París valoraban correctamente la importancia de Rusia en la política mundial. A raíz de las brillantes victorias de Suvórov y Ushakov el prestigio internacional del Imperio Ruso ascendió en aquellos años a niveles antes nunca vistos. Ya en enero de 1800 Bonaparte dijo: "¡Francia puede tener como aliado sólo a Rusia!"

Luego de largas hesitaciones, Pablo I llegó a la conclusión de que los intereses nacionales estratégicos de Rusia había que ponerlos por encima de los principios abstractos del legitimismo. Se da por acabada la financiación de los monárquicos franceses. Desde los inicios de 1801 entre Petersburgo y París se establece una activa correspondencia con el objeto de encontrar vías de aproximación entre las dos grandes potencias.

¿Cuáles serían las consecuencias que ello podría conllevar para los destinos de Rusia, Francia y Europa?–, es imposible decírselo. El 11 de marzo de 1801 Pablo I cayó víctima del golpe palaciego. Los allegados del nuevo emperador recién entronizado, Alejandro I, volvieron a seguir la orientación anterior de la política exterior del país hacia la alianza antifrancesa con Austria e Inglaterra.

Durante algún tiempo en San Petersburgo ni se acordaban de España. Sólo en el otoño de 1801 fue firmado un tratado de paz entre los dos países que puso fin a la guerra que nunca había estallado. Sin embargo, el General de Infantería Yákov de Castro de la Cerda no llegaría a ver todos aquellos acontecimientos. Falleció en mayo de 1800.

Los herederos del general disfrutaban de la hacienda en la gobernación de Podolsk, la que Pablo I le había donado – a propósito sea dicho, mucho antes de 1799 –, hasta la revolución de 1917. Uno de los descendentes del fracasado pretendiente al trono español fue Evgueni Valentínovich de Roberti de Castro de la Cerda (1843-1915), distinguido filósofo positivista ruso. Su hermana, María Valentínovna Watson (1853-1932), traductora, poetisa e historiadora de la literatura, se conoce en Rusia como autora de la primera traducción completa al ruso del "Don Quijote de la Mancha" de Cervantes, efectuada a partir del texto original (fue editada en 1907).