PEDRO IVÁNOVICH POTEMKIN
(1617 – circa 1700)

RETRATO DE UN EMBAJADOR RUSO

Desde el tiempo de la fundación del Museo Nacional del Prado forma parte de su colección el retrato del "embajador ruso Pedro Ivánovich Potemkin" (http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-line/obra/pedro-ivanowitz-potemkin-embajador-de-rusia/), realizado por Juan Carreño de Miranda, conocido artista español del siglo XVII. La historia de su creación y la personalidad del retratado merecen que les prestemos atención.

Piotr Potemkin (1617 – circa 1700) fue, probablemente, uno de los diplomáticos más talentosos de Rusia de la época anterior al reinado de Pedro I. Sin embargo, su carrera se inició en el campo de batalla. Durante la guerra ruso-polaca de 1654-1656 Potemkin ocupaba el cargo de voyevoda (general). Eran las tropas al mando de Potemkin las que tomaron la ciudad polaca de Lublin en 1655 y la fortaleza de Nienschantz (Kanzy) en 1656. Luego el destacado militar fue destinado a las tareas diplomáticas. La misión a España y Francia en los años 1667-1668 que le encomendó el zar Alejo Mijáilovich le granjeó un amplio reconocimiento. El informe detallado sobre aquel viaje ha sido destinado a convertirse en primeras impresiones escritas de un viajero ruso sobre la visita a España.

La embajada encabezada por el mayordomo y vicario de Borovsk Piotr Potemkin y el canciller Semión Rumiántsev se dirigió a España después de una pausa en los contactos diplomáticos entre nuestros países que se prolongó por 150 años. Los frecuentes viajes de los rusos a España bajo el gran duque Basilio III quedaron olvidados casi por completo en aquel entonces: en el Kremlin estaban seguros de que "los anteriores grandes duques ... no tenían relaciones con los reyes hispanos". Los embajadores del zar zarparon de Arcángel a bordo de un navío que "iba a Italia con el cargo de caviar armenio". El 4 de diciembre de 1667 los embajadores desembarcaron en Cádiz. En enero de 1668 se encontraban ya en Sevilla, y en febrero hicieron el camino de Córdova a Toledo.

Las notas de Potemkin recogen, ante todo, muchos datos geográficos. La ruta que siguieron los moscovitas se registró exactamente según el calendario, anotándose los nombres de todas las localidades por las que pasaban. Es sorprendente la exactitud de estos apuntes. Los topónimos que figuran en ellos, aunque un tanto distorsionados a veces, son fácilmente reconocibles. Por ejemplo, en "Portimaría" de esta "hoja de ruta" se adivina sin dificultad el Puerto de Santa María, y en "Sent Lukai", Sanlúcar.

Es interesante cómo los rusos del siglo XVII veían a sus contemporáneos españoles. Potemkin señalaba que los habitantes del país visitado "tienen usos propios y son honestos … No se dan a bebidas embriagantes: las toman poco, y son moderados también en comer. Cuando estábamos en la tierra española, nadie de nuestra embajada durante los seis meses nunca vio a un borracho caído en plena calle o paseando con gritos borrachos". Según la opinión del embajador, los españoles "gustan de su lar y por encima de todo aprecian el sosiego en casa. Viajan poco por comercio a otros países, pues desde todas las tierras les traen distintas mercancías que necesiten, y a cambio de esas mercancías reciben el oro y la plata, así como las canjean por el aceite de oliva, el vino español y los limones …".

La historia de España era poco conocida por los viajeros rusos. Pasando por Andalucía, a Potemkin le llamó la atención la influencia árabe en el lenguaje, las costumbres y la arquitectura, por lo que el embajador preguntó al "agregado" español que les acompañaba "si el reino español habría estado otrora bajo los moros", recibiendo la siguiente respuesta: "El reino español es grande desde los años remotos; sólo en una ocasión estuvo bajo los moros; mas al haberse liberado de los moros muchos de aquellos moros se quedaron a vivir en el reino español y luego a muchos millares de ellos, con mujeres y niños, les dejaron irse al país moro. La ciudad española de Cádiz se sitúa a un día de viaje por mar del país moro".

En el siglo XVII las noticias desde España llegaban a Rusia con gran retraso. Durante los preparativos de la misión de Potemkin, en el Departamento de Embajadores aún no se sabía que el rey Felipe IV había fallecido en 1665. Por esta razón las cartas firmadas por el zar que portaba la embajada estaban dirigidas a nombre del monarca difunto. El caso se descubrió sólo cuando llegaron a España, y el error tuvieron que corregirlo in situ. Sin embargo, los españoles no se sorprendieron del hecho: "No lo percibimos como desagrado –reaccionaron ellos–, y no nos asombramos, puesto que el gran estado moscovita se encuentra a la más ingente distancia del gran reino español, y las relaciones entre nuestros soberanos reyes con su gran príncipe no acontecían antes".

A fines de febrero de 1668 la embajada vino a Madrid, donde pasaría casi tres meses y medio. En la capital española a los diplomáticos rusos los recibió la reina viuda Mariana de Austria, regente del menor de edad Carlos II. Potemkin le entregó la carta del zar que avisaba sobre la firma del armisticio entre Rusia y Polonia y expresaba la esperanza del fortalecimiento de la alianza entre los países cristianos de Europa para guerrear contra el sultán turco, su enemigo común. Las negociaciones tocaron también el asunto del desarrollo de las relaciones bilaterales en materia de comercio.

El informe de la embajada, tal como se exigía a un parte oficial, abunda en descripciones del ceremonial de la corte española, las recepciones reales y conversaciones efectuadas. Sin embargo, hay también notas sobre monumentos históricos y artísticos los que los españoles les mostraban con orgullo a los rusos. Así, en el documento se puede encontrar una detallada descripción del "monasterio Scurial" (El Escorial), cuyo edificio provocó admiración en los moscovitas, así como la de la catedral de Sevilla que "según la gente dice, fue hecha hace unos mil trescientos años", y la de su campanario al que "se puede ascender montado a caballo".

Durante el viaje uno de los integrantes de la embajada moscovita adquirió algunos conocimientos de la lengua española. Cuando surgió la preocupación de que en una de las cartas de respuesta del rey el título del zar ruso estuviera escrito de una manera incorrecta, Potemkin recurrió a la ayuda del escribano Andréi Sídorov, "pues él, Andréi, estando en la tierra española se ha habilitado en leer escrituras latinas". Al haber leído la carta, Andréi comprobó que ella, en efecto, "no estaba de todo en orden".

El 7 de junio de 1668 los moscovitas salieron de Madrid y el día 25 del mismo mes llegaron a "la ciudad fronteriza de Airón" (Irún). En la frontera la embajada tropezó con una actitud abusiva de la aduana. Un oficial local, casi analfabeto y sin mucho conocimiento del derecho internacional de entonces, tomó a los diplomáticos por mercaderes y se puso a extorsionarles dinero por pasar a través de la frontera vestimentas bordadas en oro e iconos en marcos preciosos. Se produjo un conflicto. En su curso Potemkin y Rumiántsev reprendieron al descarado aduanero con las siguientes expresiones: "Enemigo de la Cruz de Cristo, ¿por qué no tienes miedo de hablar así?.. Perro ruin, no tienes derecho alguno a imponer aranceles no sólo sobre estos purísimos iconos santos, sino también sobre la vestimenta y otras pertenencias de la embajada, pues somos enviados de nuestro gran príncipe, su majestad el zar, ante el gran soberano vuestro, su majestad el rey, para sus grandes asuntos estatales, la amistad y el amor fraterno; y no hay entre nosotros hombres de negocios ni mercadería, por lo que no has tenido derecho a imponernos a nosotros. Ante tu sinvergüenza y modales bestiales, como a un perro hambriento o a un lobo con boca ansiosa de tragar ovejas del pastor, a ti te echamos el oro como si fuera polvo". Al haber pronunciado esas palabras tan emocionales, los embajadores quitaron los marcos de los iconos, los dejaron "como polvo" en la aduana y, salvaguardados los iconos, continuaron su camino. Hasta el fin de 1668 los rusos tendrían que visitar más la corte real francesa.

En la siguiente ocasión Piotr Potemkin se dirigió a Europa en 1674. El zar Alejo Mijáilovich envió a Potemkin con una misión a Viena. éste la cumplió con brillantez descubriendo a la corte austriaca las intenciones agresivas del rey polaco Juan III Sobieski.

De nuevo Potemkin fue enviado a España durante el reinado de Teodoro III (1676-1682). Su embajada pasó en Madrid los meses estivales de 1681. En aquel entonces el pintor de la corte José Carreño de Miranda creó el magnífico retrato del diplomático ruso que hoy día sigue llamando la atención de los visitantes del Museo del Prado. Potemkin llegó a ser el único representante extranjero quien mereció similar privilegio durante el reinado de Carlos II: tan fuerte era la impresión que los rusos causaron en la lúgubre corte del último Habsburgo español. Por lo visto, un determinado papel jugó en ello la inaudita suntuosidad de la embajada moscovita: Potemkin, quien ni siquiera era boyardo, se vestía de una manera que no todo grande de España podía permitirse.

Carreño de Miranda creó el retrato de un enviado del país distante y fabulosamente rico. La vestimenta moscovita característica de la época anterior al reinado de Pedro el Grande – un abrigo largo de seda bordada en oro y piedras preciosas –, acentúa el exotismo oriental del personaje retratado. Llama la atención la mirada perspicaz del embajador ruso que testimonia sus habilidades extraordinarias y una vida rica de experiencias. Los rusos en España tienen todas las razones para sentir orgullo por esa persona que representó tan dignamente a su país en aquella época remota.