JOSÉ RAMÓN DE URRUTIA Y LAS CASAS
(1739-1803)

UN CABALLERO DE SAN JORGE
EN EL MUSEO DEL PRADO

El madrileño Museo Nacional del Prado se conoce por una de las mejores colecciones de obras del eminente pintor español Francisco de Goya. Pasando por las salas dedicadas a la creación del genial aragonés, uno no puede dejar de detenerse ante el retrato del general José de Urrutia, pintado por el artista hacia 1798. Desde el cuadro a los visitantes del museo mira, severo y experimentado, un militar español. Muchos visitantes rusos del museo vislumbran asombrados en el ojal de su guerrera una cruz de esmalte blanco sobre cinta bicolor naranja-negra, que les es tan familiar por la historia nacional. ¿Cómo consiguió un general español la orden militar rusa? Es que en la vida de Urrutia hubo un importante episodio relacionado con una de las páginas gloriosas de la historia rusa.

José Ramón de Urrutia y las Casas (1739-1803) nació en la casa infanzona de Zalla, cerca de Bilbao. Continuador de la tradición familiar –su padre fue coronel de las Reales Guardias Valonas –, en 1755 José ingresó al servicio militar. En los años 70 del siglo XVIII, al subteniente Urrutia, graduado de la Academia Militar de Matemáticas y Fortificación de Barcelona, lo destinaron al Virreinato de Nueva España (actual México). Durante los años del servicio en el Nuevo Mundo, él se granjeó la reputación de experimentado cartógrafo. Los mapas de las regiones noroccidentales del Virreinato que Urrutia trazó en aquellos años contribuyeron sustancialmente a la colonización de la costa pacífica de California. Actualmente los originales de aquellos mapas suyos se custodian en la biblioteca del Museo Británico.

En los años setenta Urrutia prestó servicio en las Canarias y más tarde impartió clases de matemática en la Academia de Cadetes de Infantería de Ávila. De igual manera tuvo ocasión de participar en las campañas militares: en 1779 dirigió la obra de baterías de artillería para el sitio de Gibraltar y en 1782 encabezaba un regimiento de granaderos durante la expedición a Menorca (la isla en aquel entonces pertenecía a los ingleses).

El 25 de abril de 1787 el rey Carlos III de España firmó la Real Orden que prescribía a un grupo de oficiales españoles viajar a varios países europeos con objeto de estudiar las experiencias extranjeras en materia de organización de las tropas de ingeniería y construcción de instalaciones fortificadas. Los militares españoles tendrían que visitar Francia, Países Bajos, Suecia, Prusia, Austria y Rusia. El brigadier José de Urrutia formó parte de aquel equipo.

Desde el punto de vista profesional la permanencia en Rusia resultó para los españoles la más interesante. En agosto de 1787 estalló una nueva guerra ruso-turca, la segunda desde el inicio del reinado de Catalina II. Una vez terminada la breve estadía en la corte de San Petersburgo, Urrutia se dirigió a las autoridades rusas solicitando que le enviasen como voluntario al ejército en campaña. En verano de 1788 «el brigadier del servicio español Urutie, voluntario junto al ejército» llegó a la disposición de las tropas rusas que asediaban la fortaleza turca de Özü, más conocida por su nombre ruso: Ochákov.

En las afueras de Ochákov estaba acantonado el Ejército de Ekaterinosláv, de 80 mil efectivos, comandado por el mariscal de campo príncipe Grigori Potiomkin-Tavrícheski. Pese a la numerosidad de sus tropas, el comandante en jefe –quien sí era talentoso cortesano mas general mediocre–, actuaba con demasiada cautela. El sitio se dilató por cinco largos meses. No obstante, Urrutia tenía mucho de que ocuparse. La fortaleza de Ochákov se encontraba entre las diez mejores obras fortificadas de Europa. Además de su ventajosa ubicación adecuada al relieve, ganaba también por haber sido recientemente equipada y reforzada de acuerdo con lo último de la ciencia de fortificación bajo la dirección de oficiales e instructores franceses. Para tomarla de asalto las tropas rusas tenían que ejecutar importantes obras de zapa, y la experiencia en esta materia del ingeniero español era de gran utilidad.

Potiomkin esperaba que la guarnición de 20 mil efectivos atrapados en la fortaleza se rindiera voluntariamente, pero los turcos se obstinaban en no capitular. El 6 de diciembre de 1788, en la tempestad de nieve y con 23 grados de frío, las tropas rusas divididas en seis columnas empezaron el asalto a la fortaleza. En la vanguardia de una de las columnas, entre los voluntarios que serían los primeros en subir sobre las fortificaciones enemigas, se encontraba José de Urrutia.

 

Al atardecer la fortaleza cayó. La mayoría de sus defensores perecieron en el combate. Cerca de cuatro mil turcos fueron aprisionados. Los rusos tomaron como botín de guerra 310 piezas de artillería y 180 banderas. Las bajas entre muertos y heridos del ejército de Potiomkin constituyeron unos tres mil efectivos.

El 14 de abril de 1789 Catalina II firmó la ordenanza sobre la condecoración de los oficiales extranjeros participantes del asalto con la Imperial Orden Militar de San Jorge en 4º grado. A la par con Urrutia en el documento figuraban los nombres de tres compatriotas suyos: comandante Tarrancó, capitanes Parada y Paulet (la trascripción de los apellidos españoles en los documentos rusos nos testimonia que se comunicaba con ellos en francés). El título de Caballero de San Jorge les mereció a todos ellos «un singular arrojo durante el asalto a la fortaleza de Ochákov».

Los años 1789 y 1790 Urrutia pasó en el ejército de Potiomkin, participando con éste en la toma de las fortalezas turcas de Bendery y Akermán. Durante una de las batallas campales en Besarabia el brigadier español actuando a la cabeza de un destacamento de granaderos rusos logró repeler con éxito el ataque de la caballería turca. Por este hecho el valioso oficial fue condecorado con la Espada de Oro al Mérito, la que el serenísimo príncipe Tavrícheski se la entregó frente a las tropas.

Los extraordinarios talentos del brigadier no pasaron desapercibidos para el mando ruso. Como el propio Urrutia relató en enero de 1791 a Oracio Borghese, entonces embajador español en Berlín, Potiomkin le ofreciera pasar al servicio militar ruso en el grado de general. En Rusia de aquella época se apreciaban muy altamente los especialistas militares extranjeros, y muchos oficiales de los ejércitos rusos de buena gana se quedaban en nuestro país. Los más dotados de ellos conseguían hacer una carrera con la que ni siquiera podían soñar en sus países de origen. Sin embargo, por razones de principio Urrutia declinó el ofrecimiento que le auguraba tantas ventajas, argumentándolo que no puede transgredir su juramento de lealtad al rey de España dado en la juventud.

Al regresar a España Urrutia participó en las operaciones militares en Marruecos y asimismo en la campaña contra la Francia revolucionaria. En 1795 fue ascendido al rango de capitán general y formó parte del Consejo Militar del rey. Por la iniciativa de Urrutia se inició una seria reforma de las tropas de ingeniería, a raíz de la que en el ejército español fue creado el primer regimiento de minadores zapadores. En 1800 el rey Carlos IV premió los méritos de Urrutia ante España con la Cruz de Comendador de la Orden de Calatrava, una de las condecoraciones más prestigiosas del país.

Poco antes de ese significativo acontecimiento Francisco Goya, pintor de la corte, creó el retrato del general, el que se guarda hoy día en el Museo del Prado. Es digno de notar que Urrutia encargó al artista que lo retratara solamente con la Orden de San Jorge sobre su guerrera, aunque este militar emérito poseía muchas otras condecoraciones. Este hecho testimonia lo alto que el general español valoraba la distinción militar rusa que le recordaba los tres años de su servicio en las filas de uno de los mejores ejércitos de Europa.